domingo, 13 de agosto de 2017

Ultima trirreme


El tremendo crujido y el terremoto que siguió disipó las ya pocas dudas tras el anuncio del oráculo. El ruido era demencial, la gente huía apelotonada por las calles, abrazada a sus pertenencias; los patricios, cargados de joyas; los esclavos de los ropajes y vajillas de sus amos y la milicia, pilum en mano, intentaba mantener el orden sin que se notase que ellos mismos también escapaban.

Flavia Vesta Triciana contemplaba todo esto desde la ventana de su villa mientras bebía vino y el aire más frío de la mansión le traía las risas de sus invitados, entregados a la bacanal. Se puso de perfil —su lado derecho a la calle, al sol ardiente el ruido y la desesperación y el izquierdo al interior a la sombra el jolgorio y la bacanal— y la diferencia que le mostraban sus sentidos le hizo sentirse como Jano; divina en su dualidad, pero por encima de ambas historias.
—¿Que haces? —le llegó una voz desde la cama.
—Contemplo el fin, el valor de la mortalidad y me regodeo
—Oh trágica, divina Flavia. ¿No eras tú la que decía que los augures se equivocaban? ¿Y que ibas a aprovechar la credulidad de todos estos nobles idiotas para hacer una fiesta de la que se hablase durante siglos?— La sonrisa pícara de Mara Livia, hizo aflorar otra a los labios de Flavia. 
—Sabes que si, mi bella extranjera. ¡Y ves que tenía razón! Ni el mismo Dionisio podría haber juntado tanta verga con tanta vulva en una villa. Hasta esa vieja arpía de la Viuda Trajano se ha acostado con un nubio.
—Ahora estás siendo simplemente soez —dijo Mara, pero la risa en su tono le desmentía a Flavia lo serio de su reproche.
—Soy lo que quiero ser. Es mi privilegio. Y aquí y ahora quiero ser lo que desees tú —dijo tirándose encima de Mara, las sedas como estelas tras ella, para entregarse juntas a los juegos de las bacantes.

Flavia se despertó al rato con otra explosión y esta vez notó la sacudida en su cuerpo, además de en sus oídos.
—¡Mara , despierta! —dijo a su dormida acompañante  —Quizás los oráculos no se equivocaban, después de todo. Parece que Vulcano mismo este forjando los rayos a Júpiter debajo nuestro.
—¿Qué?— preguntó Mara aún amodorrada —¿Cómo puedes saber del monte ígneo?
—¿Que monte ígneo? No he dicho nada de un monte …— Flavia se detiene a pensar y parece adivinar que algo va mal; sale de nuevo al balcón y busca el Monte Vesubio. Tras estirarse sin ver nada sale corriendo al otro lado del oecus donde aún transcurre la bacanal.
Claro, Vulcano, no volcán. Soy idiota. Putos implantes de lenguaje— Mara se golpea la frente con la palma de la mano y tras un instante de duda sale persiguiéndola.
Flavia,  aun corriendo, se asoma a la ventana del refectorio, al otro lado del ludus. Humo. Del monte Vesubio. No: del monte ígneo Vesubio —Jupiter Dolichenus, es cierto. Vamos a morir todos.
—Flavia —el tono es serio, controlado —Cálmate, por favor ¿quieres decirme que te pasa?
—Tu lo sabias ¿Cómo? Has estado conmigo al otro lado de la villa la tarde completa. ¿Cómo sabías que el Vesubio se había tornado ígneo? ¿Acaso eres un oráculo de Vulcano?
Y ahí está otra vez; Vulcano. Jodidos latinismos
—Mara , no puedo entenderte, ¿que idioma es ese?
—Flavia. Vamos, aun es temprano. Entreguémonos a la fiesta. ¿No has dicho que había un nubio? Vamos a buscarlo y veremos como en sus negras piernas perdemos tus oscuros presagios; y quizá…—la sonrisa de Mara se vuelve pícara —hasta podamos compartirlo y volverlo loco de placer. ¿No te gustaría?
Por un momento Flavia vuelve a sonreír, pero un rumor como un trueno lejano devuelve las nubes a su ceño —No, no, no. Mara: no podemos quedarnos aquí. ¿Y si Vulcano revienta el Vesubio? No podemos arriesgarnos. Tengo una idea: tú me has dicho que has venido hoy. Tú trirreme está amarrada en el puerto. Vamos a ella, ¡Todos! Si quieres seguiremos la fiesta en ella y si al final resulta que a Vulcano sólo se le ha caído su martillo volveremos y nos reiremos.— Mara la mira seria, decepcionada
—Mara, por favor— ruega Flavia —No puedo irme sola. No puedo dejarte aquí para morir. Ven al puerto! Encontraremos una nave.
—Oh claro, de eso se trata —Mara se pone a pasear con exasperación —Soy idiota. Debí seguir sólo de guia. Solo quería participar, relajarme, por una vez ¿Quién iba a enterarse? Esto es peor que los grafitis en latín que hicieron los de la primera excursión.
—Mara, no entiendo. Es igual: vámonos! Las dos solas, si quieres. Tu nave…
—¡No hay ninguna nave, Flavia! No vamos a irnos a ningún lado.
—Pero tu dijiste que habías llegado hoy. Y tus invitados…
—No hemos venido en barco. Estos idiotas han viajado siglos para la fiesta más extrema de la que se tiene constancia en la historia. Y seguirán así aun una hora más hasta que reviente la caldera y me los lleve de vuelta a su época. Y mañana volveré con otro grupo.
—No te entiendo. Pero os vais a ir ¡Podemos irnos!
Mara se volvió al cubiculum. Se dejo caer pesadamente en la cama y se tapó los ojos. Al mismo tiempo otro temblor sacudió la villa.
—¡Mara! No queda tiempo
—Te lo he dicho. Queda una hora. Y en una hora nos hubiéramos ido, pero solos, y a ti te hubiera encontrado la muerte entregada a tu orgía con el resto de tus invitados —Mara se yergue y la mira —No debemos alterar nada del pasado. Mañana cogeré a otro grupo de ricachones y los volveré a traer aquí y tu volverás a estar tan divina y estoica como siempre y yo no volveré a cometer el error de acostarme contigo y la fiesta, la fiesta transcurrirá hasta el fin, como las otras cien veces— La apunta con la mano donde un ornamentado brazalete se abre y brilla —Y esta vez, al menos, tú no sufrirás nada.